Un lugar para Zulma

Un lugar para el desamparo

por Julio Woscoboinik


Por esas cosas de la vida y de los medios, nos sacude hoy la noticia del secuestro de una beba y casi simultánea y paradojalmente aparecen un caso de venta de mellizos y otros de recién nacidos abandonados en la calle o debajo de un puente. De pronto, lo cotidiano adquiere fuerza de escándalo. Con la seguridad que en pocos días todo es devuelto al lugar común de lo conocido-desconocido.
El ser humano prefiere evitar la angustia que le evocan las vivencias de soledad y desamparo.
Antiguamente, en la Edad Media y hasta no mucho existían, en parroquias o instituciones especiales, las "inclusas", toboganes por los que la madre anónima podía dejar deslizar para siempre, al hijo que no podía o no quería mantener. Al niño allí criado se le llamaba (o se le llama) inclusero o inclusera. También bastardo, también expósito. Así, al recién nacido "expuesto" a sí mismo, abandonado en algún lugar público o en alguna "Casa de Expósitos" (como se denominaba la que es hoy "Casa Cuna"). La sociedad busca para esos niños huérfanos padres adoptivos y a veces el destino les sonríe. Alguna anécdota recuerda a una madre soltera que a orillas del Sena estaba por arrojar a su recién nacido, cuando desesperada opta por golpear las puertas de Notre Dame. El cura párroco la escucha en su drama y acepta que la madre deje a su hijo, pero le pide que antes lo ponga a su seno. El bebé se calma y la madre queda aferrada, para siempre a su hijo.
El problema del abandono no es novedad para los pediatras. En los hospitales para niños es bastante frecuente que padres no pobres sino miserables (falto total de cultura, enfermos mentales, alcoholistas y casi siempre huérfanos a su vez, resaca de una sociedad deshumanizada) abandonen niños con graves padecimientos.

Por mi actividad profesional tuve oportunidad de conocer el personaje protagónico de "Un lugar para Zulma. Historia de una muchacha con piernas de muñeca". Se trata de una investigación sobre la vida de una niña que fue abandonada a los dos años con una enfermedad congénita: espina bifida y parálisis de la cintura para abajo, cuyo único hogar fue asi un instituto oficial de rehabilitación. Sus ganas de vivir la llevaron al amor y al embarazo. Y es allí donde surge el primer gran cuestionamiento: se trata de una menor, de 17 años bajo la tutoría institucional. El impacto de lo acontecido, cuando nada hacía preveerlo por el tipo de afección y por su internación permanente, lleva a las autoridades a barajar -burocracia y prejuicios mediante- incluso la posibilidad de un aborto. Por su parte, Zulma siente la honda ambivalencia del amor pleno y realizado: albergar una vida allí donde su cuerpo le habla de un desierto y el miedo atroz a no poder ofrecer lo que ella misma nunca tuvo. Lo sorprendente es precisamente esto: la presencia del amor como raíz de vida donde parecía que nada podía florecer.
En el transcurso de esta investigación, entre las distintas sorpresas que la misma me deparó, conocí una hermosa muchacha cuadripléjica (parálisis de los 4 miembros, secuela de poliomielitis) que fuera amiga de infotunio y de abandono de Zulma. Está casada con un joven buen mozo y totalmente normal. Tiene una hija de 8 años pero no está con ella. Ni la pareja puede vivir como tal -porque requiere un pulmotor para la noche- ni con la hija porque no tiene quien la atienda. Cuando desean hacer el amor deben hallar el albergue que los acepte... entonces él debe sostenerla como una beba hasta la habitación.
La película de Aristarain "Un lugar en el mundo" nos dejó prendidos a su corolario. Rondando nuestros pensamientos: cada uno debe hallar su lugar en el mundo. Espacio donde poder sentirse reconocido, identificado. El problema grave es que en estos casos la sociedad no tiene capacidad empática y solidaria -siempre se dice presupuestaria- para ofrecerles un hogar. Más allá de los grandes progresos de la técnica -incluso la posibilidad de alquiler de un útero- hay ciertas falencias sociales que desde muy antiguo persisten como verdadera lacras.
Por eso lo de "Un lugar...": aunque sólo sea una morada-memoria de papel, pretende albergar y dar a conocer algo de esta realidad, algo de estas conocidas-desconocidas gestas humanas. No sólo de los que padecen, sino de las enfermeras y profesionales, que más allá de los magros ingresos y múltiples sacrificios, se esfuerzan por atender y cuidar en tan deficitarias instituciones.

"Un lugar para Zulma, historia de una muchacha con piernas de muñeca", (G.E.L., Bs. As., 1993). Mereció el Segundo Premio en el Concurso de Narrativa Carlos Alberto Débole, 1993.



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