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Terapia Intensiva por Julio Woscoboinik |
"Por momentos, en algún
tiempo... con tiempo asoman las ganas de decir. Lo que se siente, arrebata,
conmueve, piensa. A veces llega en verso, a veces en prosa. De esta manera se
hizo palabra en mí. De esta manera surgió Terapia intensiva.
Se abre con una recopilación, "Desde mi mismo", realizada en
1972, en edición íntima y que no fue difundida. Mereció,
entre otros, el siguiente comentario del diario La Prensa (31-12-72): "Desde
mí mismo es un libro escrito desde el hombre, desde lo que el hombre
siente y sufre como ser vinculado a otros seres, a los que ve vivir, sufrir,
morir. Es una poesía despojada de solemnidad y tono dramático
que se traduce en verso muy breve dotado de arcado ritmo y, a veces, ingenioso
humor".
Terapia intensiva nace y crece aproximadamente una década. Comienza con
algunas evocaciones de infancia en Córdoba, en donde, rodeado del afecto
de sus abuelos inmigrantes fue creciendo entre rezos y lamentos, libros y pobreza.
Contenido en una trama de valores, de amor, de cultura solidaria, de sociedades
más justas. Este libro se cierra con algunos textos en prosa que pretenden
expresar, en pocas palabras, múltiples testimonios, fantasías,
vivencias.
Por momentos, en algún tiempo. Con tiempo... verán emerger un
abanico de obsesiones. Espero les digan algo. Algo de vuestro propio sentir.
Será la mejor gratificación."
Julio Woscoboinik
RESIDENCIA HOSPITAL DE NIÑOS
I
Residencia,
guardia nocturna
mi Hospital de Niños.
Dr.
no hay
Dr. no hay
Dr. no hay
Dr. no hay
¡Dr.
Ay!
Dr. el niño se muere.
¡Ay! y el llanto.
¡Mi Dios!
Desde
la pequeña Capilla
el campanario
desde hace sesenta años
perseverante como el tiempo
cuenta las horas
y aún no ha dado la hora
de su Hospital.
Una
mortaja pequeña
enciende la noche
del pequeño cuarto
con una luz queda...
Mamá...
Residencia...
Dr. ...
12 de febrero de 1960
Buenos Aires
Capital de la República
Hospital de Niños.
II
De
madrugada
llegó el Presidente.
A la una y diez levantó la copa.
A la una y diez
pasó revista a las tropas
de estafilococos y estreptos
de klebsiellas y shiguellas
neumos y coli
de providence y salmonella.
De
madrugada
llegó el Presidente.
A la una y diez dijo: ¡Salud!
A la una y diez faltó el suero.
No tenía ni hueso ni carne por sus venas.
A la una y diez partió el Presidente.
Pasó
por los pasillos,
entró en las salas.
Escuchó los brindis
de las almas en pena
y se fue.
A
las doce,
había nacido
el niño Jesús.
A la una y diez brindó ¡Salud!
A la una y diez
murió el niño Jesús Salvatierra.
Historia Clínica Nº 25512/12.
a la una y diez partió el Presidente.
La
prensa saludó el gesto
Navidad.
Las
madres dormidas
se pusieron de pie,
los solidarios corredores
desde la penumbra
del dolor
le respondieron ¡Salud!
Los roedores sorprendidos
y los gatos en caravana.
Los
rostros fatigados
de los árboles
y el alegre rostro descolorido
de las calcomanías
Disney desde las paredes
le susurraban ¡Salud!
La comunidad
de cunas desamparadas
y de hierros retorcidos
y viejos de viejas Navidades
se acercaron:
Sr. Presidente
¡Salud!
Venía
perfumado a petróleo.
El Hospital
le ofrecía sus aromas
de fermentada caca
de pañales con orín
alcohol yodado
desinfectantes
y mugre
de las madres con pies sucios
hinchados
sudorosos
Aliento de estómagos vacíos
dientes con caries sin curar.
Los enfermitos
se dieron la mano
y no lo dejaron pasar.
Estaban velando a Jesús Salvatierra
que nació y murió
a la una y diez de la madrugada.
Navidad
Una paloma "bendijo"
desde la estrellada
campana oscura
la copa del Presidente.
Y una carcajada
de niños
llegó como un grito profundo.
La brisa tronó
con aromas de tormenta.
III
Para María Elena Walsh
La sala se despierta,
y pasa
el fúnebre
cortejo
de juguete,
y pasa
y lo siguen
en silencio
los niños
con los ojos grandes
mariposas
rocío de sal.
Se persignan las madres
y un profundo gemido
largo
lo acompaña
y pasa
el fúnebre
cortejo
de juguete.
IV
El médico
vigila
el suero que no pasa
el oxígeno que no funciona
un niño
muerto
descubrimiento casual
de un pase nocturno.
Se fue tan callando.
Carmen va, viene,
corre
arriba, Carmen abajo
nochera
enfermera del amor.
Y las campanas...
Dios está velando
el cruel pesar
del distrófico
piel y hueso
sin peso.
Rancho de papel
moscas
piso de barro, moscas
techo de zinc, moscas
moscas, el agua a diez cuadras
pozo negro, moscas
guiso sin carne, moscas.
Como moscas revolotean
los verdugos.
Como moscas se mueren
nuestros hijos
con hambre.
Dios está
velando
el campanario de la hora
Cada media hora
se muere un niño
sin agua por las venas
sin leche por las venas
sin sangre por las venas
sin canciones
de cuna
sin cuna
sin Dios por las venas.
Al origen de tu gracia
Trepo
por el tronco de tus dos raices.
Desde tus pies pequeños, al origen de tu gracia.
Entreabro los postigos,
de un rojo amanecer.
Paréntesis abrasador.
Punto y coma del esperanto.
Bisontes
enloquecidos,
encienden de la especie,
voraces el deseo.
Boca
infinita.
Repliegue del misterio.
Lecho, gruta, hogar,
del animal eterno.
Al origen de tu gracia,
fresca flor adolescente.
Obsesión
Muchas
estaciones
han pasado.
Muchos trenes
que no volverán.
Bajo los puentes,
las víboras
transcurren serenas.
Las
nubes a otras
ceden su lugar.
Los retoños han crecido
en otros retoños.
Pero
en mí perdura,
insaciable, una búsqueda,
Una imagen obstinada.
Una porfía alucinada,
Un capricho, una manía.
Que
se instala allí,
Allí,
Donde las vías
Se encuentran.
Allí,
En esa boca
De
tu cuerpo.
Fascinante, prodigioso.
Mujer.
Cantar de los cantares
Por
las suaves colinas
de tus indolentes vías
Me acerco al
panal.
Al surco abierto
de tu boca madura.
Festín
de pétalos
en la hoguera
consternada.
Albergue,
hostal abrigado
de semilla
y pan.
Desatado
regocijo
divino alivio
La creación.
Mujer
Ojos
de remolino
y vértigo
Labios de sonrisa
y miel
Decir de pentagrama
y susurro
Cuerpo de sirena
y maravilla.
Del
furioso envite
al loco desafío
En la feraz tauromaquía
la bestial embestida.
Tímido
me repliego
en el divino ruedo
Agotado por el deseo
deshilachado en la gramínea.
Cuando
tu llegas
Al paciente psicoanalítico
Cuando
tu llegas,
cuando tu dices
La primera palabra.
Enciendes en mí,
al talmúdico fisgón.
Sólo es preciso que hables.
A
tu tres, mi tres y mi seis.
A tu seis y tu cinco, mi cinco y mi tres.
Dominó hechizado.
Sólo es preciso que tú juegues.
Cuando
tu te vas
despeinando preguntas.
Retazos de sombras, en repliegue
te nombran.
Y asoman sueños, enhebrando enigmas.
Caminos al misterio, puentes al silencio.
Teseo
miope, te busca, te adivina.
Aquel estudioso de Borges
"Busco
mi cara en el espejo; es otra"
Borges.
Cuando
se propuso estudiar a Borges, no se imaginó, ni por las tapas, en el brete que
se metía. Algunos le advirtieron del riesgo. Los consideró exagerados. No era
fanático de Borges y escondía por él ese dudoso respeto, precipitado de una
deleznable carga de prejuicios. Propios de su generación y de ese limitante,
estreñido grupo ideolológico al que pertenecía. En verdad, pocos leían a Borges
y muchos lo criticaban, mezclando todo, tanto sus ambiguas convicciones políticas
cuanto sus más definidas posiciones antidemocráticas. Pero una cosa era la persona.
Otra muy diferente su obra. Precisamente, como amante de la psicología y de
los libros, le interesaba comprender, investigar, cuánto había de su propia
azarosa vida en cada gesto creador.
Nunca había conversado personalmente con él. Una que otra vez se detuvo a observarlo
curioso, caminando con su bastón por la calle Tucumán. Otras, le ayudó a cruzar
del brazo, la esquina de Salguero y Soler. Otras, perdido entre las galerías
de la Biblioteca Nacional de la vieja calle México, o firmando, con gran dificultad,
ejemplares en la Librería de la Ciudad. Tímido nunca se animo a hablarle.
Pero muchísimas horas de obstinada lectura, de reflexivas meditaciones y de
búsqueda tenaz lo convencieron de lo imprescindible: volver a rehacer uno a
uno los pasos que permitieron a Borges llegar hasta donde había llegado. Saber
todo lo que sabía. Escribir como él lo hacía. Poseído casi del delirante deseo
de apropiarse de su prodigiosa memoria, y de su vasta erudición. Pero punto
por punto, coma por coma, paréntesis por paréntesis.
Comenzó por aprender inglés, y de seguido el anglosajón antiguo y el antiguo
español del "Quijote". Ardua, intrépida fue la lectura de"Las
mil y una noches". No cualquier traducción. Obligada, la de Burton, que
sólo pudo hallar tras indócil búsqueda en una extraviada librería de Cura Brochero,
en Córdoba. También las raras ediciones traducidas al francés por Antoine Galland
(introductor de esta obra en Occidente) del Dr. Mardrus, así como la ilustre
e ilustrada versión de Enno Littmannn. Se adentró con vasto afán retentivo en
la mitología escandinava, de Islandia y aún en la japonesa. Recorrió durante
horas infinitas los senderos que hacen al mandala hindú, a la simbología alquimista
y a las distintas versiones de la Biblia. La Cábala en español y en arameo.
Con un modesto diccionario inglés-alemán aprendió el alemán, leyendo con fervor
a Heine y llorando por esa increíble, maravillosa adquisición de autoenseñarse.
Nada menos que el alemán.
La familia de este singular investigador asistía, azorada primero y espantada
después, a tan imposible metamorfosis. Poco a poco fue abandonando sus tareas
habituales, sus obligaciones conyugales y aún paternales. En tanto crecía
en él una fría y vanidosa pasión plena de júbilo, dolor y remordimiento.
Tras largos años, casi diez, logró finalmente arribar a las conclusiones, si
bien hipotéticas, bastantes sólidas, de su investigación. Ese texto le representó
el total de sus magros ahorros.
No faltarón aplausos, honores, premios, silbidos y escándalo.
Lo cierto es que aquel estudioso de Borges hoy vive solo, en una pobre habitación-celda
(su mujer y sus hijos lo han abandonado), rodeado de los cien tomos del "Espasa-Calpe",
un gato blanco, y alguno que otro mueble antiguo. Camina, casi ciego, sostenido
por un valioso bastón, obsequio de la esposa del presidente de la Fundación.
Y se lo puede ver, recorriendo con dubitativa
parsimonia esas mismas calles que Borges, con fruición, fatigaba. Dicen
que dibuja un laberinto entre arboles y niños y se mira sin ver, en los espejos
de los lagos de Palermo, mientras busca el sótano aquel donde un día Carlos
Argentino Daneri le descubrió a Jorge Luis aquel famoso "Aleph". No
estudió nada más. No publicó nada más. Siempre halla, sin embargo, quien le
lea a Stevenson, Chesterton y Coleridge en su idioma original. Ah, eso sí, copia,
mejor dicho escribe todos los días, tal como Pierre Menard al "Quijote",
las increíbles "Ficciones" de Borges... Los ojos casi pegados al papel,
con letra muy pequeña en un pequeño cuaderno "Gloria" escolar, cuadriculado,
de tapas duras. Presentía que "escritos" de nuevo en 1999, casi sesenta
años después, esos cuentos serían leídos como esencialmente distintos.
Balvanera,
Agosto, 1999.